Petro en el banquillo
Por Martín Eduardo Botero -Doctorado (Ph.D) Derecho Constitucional EUR.-
No es Colombia la que comparece ante el mundo.
No es su historia, ni su institucionalidad, ni su pueblo.
Es Gustavo Petro. Solo él.
Tras más de cuarenta meses de gobierno errático, el presidente llega a Washington no como un socio fuerte, sino como un mandatario bajo evaluación. No por sus ideas —que a nadie le interesan ya— sino por algo mucho más grave: su credibilidad.
En política internacional no existen los gestos tardíos. Las extradiciones de última hora, los discursos encendidos, las convocatorias a plazas públicas y la retórica emocional no borran tres años de ambigüedad frente al narcotráfico, de tolerancia discursiva hacia actores armados y de coqueteo ideológico con regímenes autoritarios.
Es Gustavo Petro. Solo él.
Tras más de cuarenta meses de gobierno errático, el presidente llega a Washington no como un socio fuerte, sino como un mandatario bajo evaluación. No por sus ideas —que a nadie le interesan ya— sino por algo mucho más grave: su credibilidad.
En política internacional no existen los gestos tardíos. Las extradiciones de última hora, los discursos encendidos, las convocatorias a plazas públicas y la retórica emocional no borran tres años de ambigüedad frente al narcotráfico, de tolerancia discursiva hacia actores armados y de coqueteo ideológico con regímenes autoritarios.
El reloj no se reinicia porque el poder se agote.
Petro parece creer que decisiones de último minuto pueden salvar lo que su inacción prolongada destruyó. Se equivoca. En geopolítica, como en derecho, los hechos pesan más que las intenciones y los expedientes no se cierran con proclamas.
Estados Unidos no juzga narrativas: evalúa control, resultados y confiabilidad. Y lo que encuentra hoy es un presidente que no controla el territorio, no controla el relato y solo reacciona cuando la presión externa es inevitable. Eso no es liderazgo; es debilidad estratégica.
Por eso este encuentro no define el futuro de Colombia. Define el lugar —o la ausencia de lugar— de Petro en el tablero internacional. Y ese lugar, a juzgar por los hechos, es el de un actor aislado, vigilado y reducido a irrelevancia.
No hay conspiración. No hay persecución. No hay “bloqueo”.
Hay algo más simple y más severo: pérdida de confianza.
Cuando un jefe de Estado llega a ese punto, el juicio ya no es político: es técnico. Y el veredicto no se anuncia en ruedas de prensa, sino en silencios, distancias y decisiones tomadas sin él.
Petro no está defendiendo a Colombia en el exterior.
Está rindiendo cuentas por sí mismo.
Y esta vez, el banquillo no es simbólico.
Es real.
Amen