Es el verdadero amor y la amistad más fuertes que la muerte. Nunca mueren. Igual ocurre con los hombres de letras del Parnaso, su patria espiritual, cuando trascienden al hogar eterno, su esencia se inmortaliza en su rica producción literaria y en sus afectos.
LA COLUMNA DE PLINIO
CHINA: LA SEGUNDA
MUERTE DE MAO
Por PLINIO APULEYO MENDOZA
Si algo merece el nombre de revolución es lo que el mundo está presenciando en China, cuarenta años después de haberse impuesto allí un régimen comunista. Desde 1949, cuando llegó Mao, no se habían visto en Pekín movilizaciones populares tan gigantescas. Entonces se aclamaba el advenimiento de un nuevo modelo de sociedad, la sociedad comunista, en un país vasto y paupérrimo. Hoy un millón de estudiantes se lanzan a las calles pidiendo lo opuesto: democracia.
¿Qué ha ocurrido en solo cuatro décadas? Todas las variantes de un sistema comunista se han ensayado en China. una versión ortodoxa del stalinismo con Mao como el Gran Timonel. los delirios de la revolución cultural: el tolerante reformismo de Deng Xiao-Ping.
Cualquiera de estas alternativas no ha tocado, sin embargo, el dogma de la hegemonía del partido, aunque en su cúpula dirigente se haya librado una oscura, casi siempre sangrienta por el poder. La casta burocrática parece una réplica de los mandarines de la época imperial. Marx ha reemplazado a Confucio, pero la liturgia, el sentido de la jerarquía, las intrigas, el sentido de la jerarquía, las intrigas palaciegas, la ausencia del pueblo en las decisiones del poder, siguen siendo iguales.
Mirada desde una perspectiva occidental, China parecía enrumbarse, con Deng Xiao Ping, por un camino de apertura y liberalidad, contrario a la idolatría maoísta que lo precedió. Se ha propuesto la modernización de la agricultura, de la industria, de la ciencia y de la tecnología. Modas y costumbres se han occidentalizado. Cardin y la Coca-Cola han puesto suavemente su garra en la China. Se han admitido formas de comercio y producción privadas. Todos estos cambios, lo vemos ahora, no neutralizaron sino que dieron alas a la inconformidad popular.
A favor del nuevo clima de tolerancia, intelectuales y universitarios han terminado por solicitar la suprema herejía: la posibilidad de elegir libremente a los dirigentes del país. Es el contenido concreto del lema democracia que agitan en las calles. Se trata de una transgresión enorme, pues pone en tela de juicio el momento político del partido, su pretensión de ser la vanguardia de la sociedad.
Según cuentan periodistas viajeros, en la China, como ocurre en casi todos los países comunistas, formas de la cultura popular de Occidente fascinan a la juventud. El traje Mao, que la uniformaba sombríamente, ha sido hoy reemplazado por los bluyines, los zapatos de tenis y las camisas de colores, casetes de Michel Jackson y de Madona se venden como pan en las universidades, así como camisetas con la palabra democracia. El rock chino hace furor.
No es simple frivolidad. La liberalización de la moda, del amor, de la música es el reflejo de un cambio en el orden del pensamiento. El libro rojo de Mao hace rato que dejó de ser la Biblia de la juventud. El comunismo es visto como un mito de padres y abuelos. El ritual discurso ideológico ha sido derrotado por la realidad: la disparidad de los ingresos, una inflación que llega al 30 por ciento (muy alta en un país comunista), la estrechez de la vida que hace más visibles los privilegios, la corrupción y el nepotismo de los estratos dirigentes.
La insubordinación juvenil se dirige contra los miembros del partido, vistos como la réplica de la dinastía feudal de los Ming. Para los universitarios, la modernización propuesta en la agricultura, la industria y la tecnología exige otra: la modernización cultural y política. De hecho, se agudiza en China la contradicción entre el modelo económico, que se liberaliza y descentraliza, y el aparato político e institucional con su asfixiante ideología.
Los intelectuales insisten en la libertad de palabra, de prensa, de creación. Mucho tiene que ver este mar de fondo con el ejemplo dado por Gorvachov. Si la perestroika empezó primero en China, el glasnost está allí todavía por verse. Como los sectores ortodoxos de la URSS, representados en la burocracia del partido y el ejército, los comunistas chinos temen que la libertad de expresión arrase con los fundamentos del sistema.
Las medidas represivas que han adoptado, el freno que han puesto, deben sonar como un grave campanazo de alerta en los oídos de Gorvachov. Fragilizada por la revuelta, que su propia apertura ha hecho posible, la corriente liberal queda en una relación de fuerza desfavorable ante la vieja ortodoxia. En la URSS, la mecha puede ser prendida por las nacionalidades oprimidas.
Estamos asistiendo, pues, a la crisis profunda de un sistema, que vacila entre la necesidad y los riesgos de reformarse y un regresivo a sus formas totalitarias. Como proyecto histórico, el comunismo está sentenciado a muerte desde adentro. Es su propio organismo el que está minado. Si algo queda de él tendremos que buscarlo en nuestros propios parajes, que han sido siempre el último santuario, o quizás el basurero, de mitos moribundos. Son por cierto los apóstoles de esta agónica ideología quienes incendian nuestro país y depredan sus riquezas.
Cambia el mundo, pero los latinoamericanos seguimos girando en forma circular. Se abre un proceso de cuestionamientos desgarradores en la URSS y la China: la señora Thatcher y Felipe González acaban aplicando en sus respectivos países la misma política de privatizaciones con resultados notables: Rocard, el realista, impone en Francia conceptos tecnocráticos sobre los antiguos y brumosos sueños del socialismo francés. El mundo del computador pulveriza las ideologías.
Dinamizada por la nueva tecnología, la sociedad civil toma el relevo del Estado en el campo de la producción en todas partes, salvo en África y la América Latina, con excepción de Chile. Ahí tenemos a Venezuela, un país rico, sacrificado por el despilfarro de sucesivos gobiernos. Ahí está el Perú, clavado en una cruz por haber llevado el poder a un verboso vendedor de milagros.
Todavía en América Latina el artificio oral y la imagen dominan sobre las concretas definiciones de una política. Con una vocación verdaderamente suicida, la Argentina acaba de elegir al señor Menem por la gracia de un verbo, de su esposa y de sus frondosas patillas, y la subliminal fijación edípica del pueblo porteño a los fantasmas de Perón y de Evita. La irrupción del tango en la política ha sido allí funesta. Pobre país. ¿Qué suerte le aguarda! ¡Y pensar que Santofimio quiere ser el Menem de Colombia! Solo eso nos faltaba. (El Tiempo, Mayo 22 de 1989)