jueves, 29 de enero de 2026

¡MENSAJE DE FE A LOS COLOMBIANOS! INDUDABLEMENTE, EL NOMBRE DE JESÚS TIENE PODER Y DEBE SER INVOCADO CON RESPETO, VENERACIÓN Y FE...

 

... “QUIERO, QUEDAS LIMPIO”...


Jesús cura el leproso
 

“Vanidad de vanidades, veleidad de veleidades, mi único y verdadero bien es amar a Dios con todo mi corazón”... (Santa Teresa del Niño Jesús)

Un día, hace algunos años, tuve un inquietante sueño que deseo relatarles hoy como un mensaje espiritual significativo y revelador de cómo, nadie menos que nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, ve nuestras almas y, la mayoría de las veces, son nuestras vanidades y orgullo lo que nos lleva a creer que es imposible estemos padeciendo tan lamentable condición. Pero, Dios que todo lo ve y lo sabe, confirma, tristemente, esa realidad.

Era fin de semana, y mi familia y yo, como acostumbrábamos, nos disponíamos a hacer una larga caminata deportiva por el eje ambiental, al norte de la capital bogotana.

Y observé, entonces, que el Señor Jesús, esa mañana, nos invitaba a seguirlo en oración. Fuimos tras Él, entonando un Santo Rosario.

Lo que vi después me estremeció. Él reflejaba un aspecto miserito, con su sayal harapiento, encorvado por el peso de la Cruz que llevaba sobre su flagelada espalda y nosotros, no nos veíamos como los acostumbrados caminantes.

¡No!, sino como sus hijos leprosos, llagados, unos más que otros, distantes de su amor. Éramos un reducido número que, a medida, que avanzábamos en el camino y orábamos con Él, la fila iba aumentando, hasta convertirse en un buen ejército de almas necesitadas del Buen Pastor. El único bálsamo capaz de sanarnos de nuestras vaciedades, descreimientos, racionalismos, despropósitos, insolencias, vituperios y acciones ofensivas.

Lo impensable en la extraña visión sobrenatural era que ¡ninguno! nos escapábamos de ser vistos por los ojos misericordiosos de Jesús como los leprosos, necesitados de su amor y de su eficaz dirección.

¡Y es tan inmenso su Amor por nosotros, ingratas criaturas! que llama, sin discriminación y sin límite alguno, a estos desiertos humanos, a estas vasijas informes, a estos huesos secos, a seguirlo para realizar en cada uno de nosotros la metanoia necesaria, con el fin de ser los felices herederos de Su Reino de amor.

LOS APÓSTOLES ALCANZARÍAN LA GLORIA DE LA INMORTALIDAD




Es nuestro Salvador de la historia de la humanidad. El sin pecado original. El Hijo único de Dios, quien iniciando su vida pública tocó el corazón y la mente de doce humildes hombres, en su mayoría, pescadores y agricultores de oficio, además de un publicano recaudador de impuestos, un médico, un tesorero y un miembro de un grupo radical judío, conocidos en su pequeño universo y grandes desconocidos para el resto de la humanidad, que alcanzarían la gloria de la inmortalidad al seguir a su Maestro Jesús, a Aquel que en el ara de una rústica Cruz nos liberó a todos del pecado.

VENCIÓ LAS TENTACIONES

Jesús, que estando cuarenta días y cuarenta noches en el desierto, venció las tentaciones del maligno. Y Quien enseñara a las multitudes que le seguían, los regalos y promesas más esperanzadores en su bello Sermón de la Montaña o de las Bienaventuranzas.

El Hijo de David, que lleno del Espíritu Santo, las tentaciones de la carne jamás lo doblegaron, porque pasó por este mundo haciendo el bien y sembrando lo bueno.

SACIÓ EL HAMBRE Y LA SED DE MILES

Multiplicación de los Panes y los Peces, obra de Giovanni Lafranco

Jesús, el Verbo Encarnado, el que sanaba enfermos y expulsaba demonios. Quien, un buen día, resucitó y nos prometió una hermosa morada celestial a su lado y que, milagrosamente, sació el hambre de miles de sus seguidores en la multiplicación de los panes y de los peces.

El Ser Virtuoso que resucitó a Lázaro, hermano de Marta y María, cuando tenía cuatro días de haber sido sepultado.

Cristo, el Ungido, el que enseñaba con descriptivas e imaginativas parábolas al pueblo, en tanto que, a sus Apóstoles, no les ocultó las verdades del Reino de Dios.

... “DE LA ABUNDANCIA DE TU CORAZÓN HABLARÁ TU BOCA”...

Son estas sus Palabras las que resuenan por los siglos como una Verdad que no se extingue, como un eco imperecedero: “No vine por los sanos, sino por los enfermos”. “No  vine a condenarlos, sino a salvarlos”.

Señor, ¿ cuánta es tu infinita misericordia, que tu ardoroso corazón se inflama de amor por nosotros, insignificantes y pecaminosas criaturas? ¡Mientras, nosotros, Dios mío, osamos ser jueces implacables Tuyos! Y nos revelas otra verdad enunciada en las Divinas Escrituras, Lucas 6:45 y Mateo 12:34 y expuesta por tu eterna sapiencia a todos los que te escuchaban y te seguirán escuchando: “De la abundancia de tu corazón hablará tu boca”.

SEGUNDA PERSONA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD




Él es de quien dicen Las Escrituras: es el Santo de los Santos, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Jesús, Él que infunde sabiduría a la Virginal María, nuestra Madre Corredentora.

El Cordero de Dios, anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, que llegó a este mundo como Hombre e Hijo de Dios, único, sin pecado original, a la mayor y más sublime misión universal: ¡Salvar a la humanidad! y liberarla de las ataduras del pecado.

Por eso, Jesús, es llamado nuestro Redentor.

El Emmanuel,  el Santo de los santos. Imaginemos, por un momento, ¿ cuál no ha sido y es su poder y autoridad sobre la humanidad? Y siendo el Hijo de Dios, el Rey de Reyes, el Señor de Señores, ha sido y es reconocido como el manso y humilde de corazón, humildad que hace retroceder con respeto y temor hasta los espíritus más endemoniados.

Jesús que, en la Santa Misa de la Iglesia Católica, por las manos consagradas del sacerdote, obra el milagro de la transubstanciación, convirtiéndose en el ´Pan de Vida´, entregando  su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad como alimento para nuestras almas, siendo la Santa Eucaristía instituida en la última Cena.

LOS QUE PERDEMOS SOMOS NOSOTROS

Jesús, el Maestro, nuestro Alfarero. Vino a dar la mejor forma a nosotros sus vasijas, y de nosotros depende el permitirle que lo haga, dejando de lado nuestra condición rebelde, incrédula, porque, en últimas, quiénes, verdaderamente, perdemos somos nosotros.

... “EL NOMBRE QUE TIENE PODER”...

Elegimos, desde ahora, aunque el racionalismo lo niegue, en este breve espacio temporal, vivir mañana en un estado del alma que añore el inalcanzable Cielo, mientras transcurre nuestro purgatorio esperanzador o el indeseable infierno que, desde aquí, comenzamos a pagar y el cual se prolongará, secúla seculorum, por toda la eternidad.

Que cuando abramos nuestros labios sea para alabar, bendecir y agradecer el Santo nombre de Jesús. El nombre que tiene poder y debe ser invocado con gran respeto, veneración y fe.

Recordemos aquel pasaje bíblico que alude al ciego de Jericó, quien clamó con fe y fue curado”. ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. ( Lc 18, 38)

Es tan poderoso el nombre de Jesús que los Apóstoles realizaron maravillas en su nombre.

... “EN MI NOMBRE EXPULSARÁN DEMONIOS”...

“Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”.   

Señor, tú eres el Santo de los Santos, la Palabra hecha hombre, en Quien el Espíritu Santo hizo su morada y su Templo, donde el pecado no tuvo poder. Y la pregunta que surge es: ¿Qué somos y quiénes somos nosotros para pronunciar tu nombre, sino sea para adorarte,  alabarte y agradecerte? 

Jesús, para ti, sólo tenemos palabras de gratitud, porque como constante arquitecto, alfarero amoroso, día tras día, de nuestras fugaces existencias, estás dispuesto a moldear estos recipientes imperfectos, deformados, rotos, de barro, para perfeccionarlos, porque como Buen Pastor vas al rescate de tus ovejas llagadas, para sanarnos del cuerpo y del alma y cargarnos sobre tus divinos hombros hasta hacernos más fuertes en Ti, y que podamos seguir tus pasos sin desviarnos.

Porque sufres, lloras lágrimas de sangre y eres una y mil veces flagelado, cuando nos extraviamos. Y en tu infinito amor ves nuestras debilidades, insignificancias, inmensos yerros. 

Pero, si empezamos a conocerte, a amarte con todo nuestro ser y toda nuestra alma, por encima de todas las cosas y a creer en Ti, sin prejuicios, sin rebeliones, sin idolatrías, Tú sanarás nuestras lepras, porque nos dirás como, en una ocasión, le dijiste al leproso que angustiado te pidió: “Si quieres puedes limpiarme”, a lo que el Buen Jesús contestó: “Quiero, quedas limpio”. (Marcos 1:40- 45) (Mt 8: 1-4) (Textos Eliora, revista LLAMAS)

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