jueves, 5 de noviembre de 2026

MÁS DE CUATRO DÉCADAS DEL HOLOCAUSTO DEL PALACIO DE JUSTICIA Y FUE UNA TRAGEDIA PROVOCADA, QUE AFECTÓ LOS CIMIENTOS DE LA JUSTICIA COLOMBIANA, ENLUTÓ A INFINIDAD DE HOGARES, MIENTRAS, MILAGROSAMENTE, OTROS CORRIERON CON MEJOR SUERTE, Y SOBREVIVIERON A LA INFAUSTA PESADILLA.

 


... "LE DIJE AL DOCTOR HORACIO QUE SE ESTABA INCENDIANDO EL TERCER PISO Y QUE NOS SALIÉRAMOS"...

De la obra intitulada Libro Blanco Holocausto Palacio de Justicia 1985 extrajimos la narración de la señora Rosalba Marín, sobreviviente de la toma del Palacio: 

La señora Rosalba Marín de Henao, Auxiliar del Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Horacio Montoya Gil, declaró:

"... Después el doctor Murcia Ballén y Yolanda, la Auxiliar, se pasaron para la oficina de nosotros, yo en medio de mis nervios me asomaba cada rato a la puerta y vi que el cuarto piso estaba incendiado y pasaban las llamas al tercero, le dije al doctor Horacio que se estaba incendiando el tercer piso y que nos saliéramos... Hasta ahí me di cuenta, porque me comentaron mis compañeras que yo me había desmayado, lo cierto fue que yo aparecí después en uno de los baños sin recordar qué piso, me estaban auxiliando dos guerrilleros de esos del M-19 el uno me sostenía y el otro me daba un vaso de agua con una pasta..." (Folio 359, Juzgado 30)

PÉRFIL DEL MAGISTRADO HORACIO MONTOYA GIL

Nació en el municipio antioqueño de San Vicente, en 1934. Hijo del hogar formado por don Francisco Montoya y doña Carlina Gil, siendo el mayor entre once hermanos. En 1963 contrajo matrimonio católico con doña Marta Gilma Henao de cuya unión hay cinco hijos, Gloria Eugenia, Iván Darío, Clara Patricia, Marta Gilma y Beatriz.

Cursó estudios de derecho en la Universidad de Antioquia, obteniendo el título de abogado el 21 de marzo de 1965, con la tesis titulada "Juicios de Tenencia y Control de Arrendamientos" que gracias a su calidad y rigor conceptual mereció ser laureada y publicada en la revista de Estudios de Derecho de la misma Universidad.

Fue Secretario, Profesor y Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia ; Profesor de cátedra de las universidades Pontificia Bolivariana, de Medellín y la Sabana. También se desempeño como Juez promiscuo Municipal en Copacabana, Juez Penal del Circuito en el municipio de Andes, Juez Primero Civil Municipal y Primero Civil del Circuito de Medellín, pasando a la Sala Civil a mediados de 1973 hasta su nombramiento en la Corte Suprema de Justicia.

Publicó una obra que se llamó "De los Concordatos y la Quiebra de los Comerciantes". Escritor de varios ensayos. Le correspondió por primera vez en Colombia, resolver sobre la responsabilidad civil por contaminación del medio ambiente, lo cual alcanzó repercusión internacional.

En septiembre de 1983 su nombre fue acogido por unanimidad para ocupar el cargo de Magistrado de la Sala de Casación ante la Corte Suprema de Justicia, el cual desempeñó con gran responsabilidad y compromiso hasta los hechos luctuosos del Palacio. (INFORME FINAL -Comisión de la Verdad Sobre los Hechos del Palacio de Justicia)

Informes de necropsia y periodísticos indicaron que el magistrado Horacio Montoya Gil, falleció por una explosión provocada al momento de la entrada del Ejército, aunque su cuerpo también presentaba un impacto de bala.


HORACIO MONTOYA GIL, EL ABOGADO DE DIOS




Por Roberto Gordillo


(Artículo publicado en la edición No. 189 de Ámbito Jurídico, que circuló del 7 al 20 de noviembre de 2005)

La pared frontal de la Secretaría de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia está, en blanco y negro, el retrato de Horacio Montoya Gil. Con su cara blanca y rellena. La nariz gruesa y los labios delgados. Con sus prominentes gafas bifocales de montura negra. El cabello negro, ondulado y abundante, peinado hacia atrás, tupido de canas a los lados, alrededor de sus patillas.

Ahí estaba todavía su presencia, sin cumplir edades de retiro forzoso, sin vencimientos de períodos constitucionales, desde septiembre de 1983, cuando llegó a la cumbre de su carrera, a la Corte Suprema, como justa recompensa a una vida esforzada, que comenzó en 1934, en un frío poblado antioqueño.

San Vicente, capital de la cabuya, es el típico pueblo con iglesia y mercado en el parque central. En la despoblada vereda Las Frías nació Horacio Montoya. El mayor de once hijos, de una familia antioqueña numerosa, humilde y campesina.

Rezaban el rosario todos los días. Desde niño, Horacio aprendió y aplicó al pie de la letra el catolicismo, el cual reafirmó años después, cuando fue sacristán de la parroquia de su pueblo.

A los tres años, la poliomielitis le dejó una indeleble huella en su carácter y en su pierna izquierda, que lo hizo cojear por el resto de su vida. En una edad en la que el juego y las destrezas físicas son fundamentales para relacionarse, él se forjó un temperamento tímido, solitario y retraído. Se consagró entonces al estudio, para el que sí un prodigioso talento y vocación de sobra.

Los dos kilómetros y medio que separaban a su casa de la Escuela El Canelo los recorría todos los días, a pie, de ida y de venida, por un camino destapado y pedregoso, para cursar primero y segundo de primaria, los únicos grados que ofrecía la escuela. Su bachillerato lo cursó en un internado lejano de su pueblo. Le dolía estar lejos de su familia.

Los estudios de Derecho en la Universidad de Antioquia los costeó con lo que ganaba de escribiente en juzgados o en el tribunal de Medellín. Indeclinable ante las penurias económicas, a los 29 años recibió su título de abogado, con una tesis laureada que fue publicada en la revista de la universidad, para comenzar una rutilante carrera en la Rama Judicial, en la que solo le bastaron 18 años, encumbrarse en la Corte Suprema de Justicia.

EL HOGAREÑO

En la tarde del 6 de noviembre, mientras estaba en su oficina, calmado, a pesar de la guerra que se libraba en la Palacio de Justicia, regaño por teléfono a Iván, su hijo porque no estaba en la casa pendiente de sus cuatro hermanas y de su mamá.

¿Era regañón Horacio Montoya? No mucho, pero sí preocupado por su familia. Como se preocupó cuando encontró a su hijo, escondido en el baño de la casa, fumándose una colilla de cigarrillo, y en lugar de reprenderlo, abandonó el único vicio que tuvo: el Pielroja sin filtro.

A sus cuatro hijas nunca las dejó salir solas con muchachos. Los amigos tenía que ir a la casa, bajo el sistema de visitas colectivas y vigiladas. Su templanza y seriedad siempre inspiró en los amigos de sus hijos. Horacio murió sin saber que su hija mayor, a escondidas, ya tenía novio.

La indisciplina de sus hijos y que les fuera mal en el estudio era de las pocas cosas que lo ponían de mal genio. Quería y exigía que sus hijos tuvieran el mejor desempeño académico. Gloria, su hija mayor, solo una vez lo vio tomado: cuando Iván perdió un año en el colegio.

Sus afectos los brindaba mejor con sobriedad que con ternura. Esposo y padre de pocos besos, sin reconfortantes abrazos, menos de palabras cariñosas. Hasta en sus amores fue discreto y prudente. Con su cálida distancia y un inagotable sentido de la responsabilidad, les demostraba lo mucho que los quería.

A su esposa no le daba besos en público. La única licencia afectiva que se permitía con ella era pasarle el brazo por el hombro, al salir por las noches en el barrio Belén de Medellín. después de la comida, a darle la vuelta a la manzana.

Con el regular sueldo que ganó como funcionario judicial, mantuvo a su familia sin ostentaciones, pero con decoro. Pagó a crédito su espaciosa casa en Medellín y para sus hijas siempre tuvo un viaje a San Andrés como regalo de 15 años.

La modestia de su hogar lo hacía más gratificante. Disfrutaba cacharrear con su Renault 6, ver los domingos por las noches, en compañía de su familia, su programa favorito: Don Chinche; y, como el más engomado de los niños, quemar pólvora con sus hijos en navidad.

APLOMADO Y REFLEXIVO

Si alguien quisiera hacer la versión contraria de la película El Abogado del Diablo, el protagonista, indefectiblemente, tendría que ser Horacio Montoya. La vanidad era el pecado capital favorito del diablo, por el cual, el abogado protagonista cayó en una satánica trampa. La vanidad de ser un abogado que pelea en los tribunales y con sus repetidos triunfos se hace poderoso y reconocido.

La película de Horacio Montoya es diferente. Esquivo de llamar la atención, prefería pasar inadvertido y llevar una vida sencilla, sin la jactancia y la notoriedad que acompañan el poder. Tan sencillo y poco vanidoso, que no le importaba montarse en una buseta, recién posesionado  como magistrado de la Corte, para ir a la estación del teleférico de Monserrate. Como nunca fue un abogado locuaz ni pugnaz, su timidez lo hacía sufrir cuando hablaba en público. Su estilo era aplomado y reflexivo.

Cuando fue profesor de Teoría General del Proceso, en la Universidad de la Sabana, pidió que otro profesor calificara el examen final de su hija, que también era su alumna. Gracias a sus enseñanzas, Gloria sacó buena nota.

Trabajador infatigable y enamorado de su profesión, Horacio Montoya se encerraba por las noches, en el estudio de su casa, atiborrado de obras jurídicas, a estudiar y trabajar. Ponía la única música que le apasionaba, la clásica, y se sentaba frente a su portentosa máquina de escribir Remington, a redactar, sin mirar el teclado y rápido, con una impecable mecanografía, los capítulos de los libros jurídicos que publicó.

Excesivamente religioso, madrugaba todos los días para ir a misa. Perteneció al Opus Dei y fue un lector apasionado de los textos de Monseñor José María Escrivá de Balaguer. Aunque no le gustaba la política, fue un conservador irrevocable. En 1982, votó por Belisario Betancur.

La película no tiene un final feliz. A los pocos días de su muerte, su hijo ingresó a los escombros del Palacio de Justicia y encontró, debajo de un montón de cenizas, la placa que identificaba la entrada del despacho de su padre. En un rectángulo metálico, frío, gastado y roñoso, está grabado en mayúscula sostenida su nombre y su cargo: Horacio Montoya Gil. Magistrado.  


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