COLOMBIA NO SOLO PUEDE COMBATIR AL CRIMEN ORGANIZADO. TIENE OBLIGACIONES INTERNACIONALES DE HACERLO
Por Martín Eduardo Botero -Doctorado (P.h.D) - Experto Constitucionalista-
La discusión que comienza alrededor de la nueva estrategia de seguridad no debería reducirse a una batalla semántica sobre la palabra terrorismo.
Colombia no actúa en un vacío jurídico.
Durante décadas, el Estado ha asumido obligaciones internacionales específicas para prevenir, investigar, perseguir y sancionar el narcotráfico, el lavado de activos, la financiación del terrorismo, la delincuencia organizada transnacional y la corrupción.
La Convención de las Naciones Unidas contra la delincuencia Organizada Transnacional -Convención de Palermo- obliga a los Estados parte a adoptar medidas contra la participación en grupos delictivos organizados y construye precisamente un marco de cooperación internacional frente a organizaciones que trascienden fronteras.
Naciones Unidas reconoce, además, los vínculos existentes entre delincuencia organizada, lavado de dinero, corrupción y terrorismo.
A ello se suma todo el sistema internacional contra el lavado de activos. No es un asunto secundario: las convenciones de Viena contra el narcotráfico. Palermo contra la delincuencia organizada y Mérida contra la corrupción han construido progresivamente obligaciones de criminalización, investigación, cooperación y persecución patrimonial. La propia Convención de Mérida dedica su artículo 23 al blanqueo del producto del delito.
Por eso resulta jurídicamente importante que la estrategia anunciada no se limite al despliegue militar o policial. El comunicado habla también de inteligencia financiera, acceso a información bancaria dentro del marco jurídico correspondiente. Fiscalía, sistema financiero, persecución de estructuras económicas y coordinación institucional. Ese es precisamente el punto.
NO SE DERROTA EL CRIMEN ORGANIZADO PERSIGUIENDO UNICAMENTE AL HOMBRE ARMADO
Hay que perseguir simultáneamente: la organización, el dinero, los bienes, las redes financieras, los testaferros, la corrupción que la protege, las rutas internacionales y quienes financian su funcionamiento.
Y ahí narcotráfico, terrorismo, corrupción y lavado de activos dejan de aparecer como fenómenos aislados. Forman, en muchas organizaciones, un ecosistema criminal.
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