LLEGA EL TERROR DEL TERRORISMO NARCOCOMUNISTA Y LA INSURGENCIA...
SE LES ACABÓ EL ESCONDITE
Por Mariano Ospina -Conservador, nacionalista, escritor e historiador bogotano. Perteneciente a la gran familia militar-
Durante más de sesenta años la guerrilla aprendió una sola lección: la selva era su mejor fortaleza. Allí escondía sus campamentos, sus laboratorios, sus armas y a sus cabecillas. Cuando el Ejército llegaba, ellos ya se habían marchado. La oscuridad, la lluvia y el monte siempre jugaron de su lado.
Pero esa guerra está a punto de cambiar.
Con la llegada del gobierno de Abelardo de la Espriella, Colombia dejará atrás la estrategia de la llamada Paz Total y decidirá enfrentar al ELN, las disidencias de las Farc y el Clan del Golfo con toda la capacidad del Estado.
La incorporación del país al Escudo de las Américas, liderado por los Estados Unidos, marcará el comienzo de una nueva etapa en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, basada en inteligencia, tecnología y precisión.
Uno de los primeros protagonistas de esa nueva estrategia será el MQ-9 Reaper, el verdadero cazador de los cielos. No es un dron cualquiera. Es una máquina diseñada para encontrar a quiénes durante décadas creyeron que la selva los hacía invisibles.
El Reaper puede volar cerca de los 50.000 pies de altura durante más de cuarenta horas seguidas, vigilando sin descanso una misma región. Mientras los terroristas duermen, cambian de campamento o transportan cocaína por los ríos, él continúa observando.
No necesita relevo, no se cansa y jamás pierde la paciencia. Mientras ellos descansan, él sigue cazando.
La noche dejó de ser aliada de los criminales. La lluvia también. Sus sensores de última generación, cámaras térmicas, radares y sistemas de vigilancia pueden detectar movimientos, fuentes de calor, embarcaciones, vehículos, maquinaria utilizada para la minería ilegal y actividades sospechosas a grandes distancias.
Lo que para un ser humano es una selva oscura e impenetrable, para el Reaper es un escenario que puede ser vigilado durante horas hasta encontrar el momento oportuno.
Pero su verdadero poder no está solamente en mirar. Está en seguir cada movimiento del enemigo. En registrar sus rutas, descubrir sus campamentos, identificar sus patrones de comportamiento y entregar información en tiempo real para que las Fuerzas Militares actúen con precisión.
Y cuando se autoriza una operación, también puede emplear armamento guiado de alta precisión contra objetivos de alto valor, sin poner en riesgo la vida de un solo soldado.
Eso cambia completamente las reglas de la guerra. Durante décadas los grupos terroristas sobrevivieron porque sabían esconderse. Ahora tendrán que aprender a vivir sabiendo que pueden ser observados durante las veinticuatro horas del día, sin importar la oscuridad, la lluvia o la profundidad de la selva.
Por eso se entiende la firmeza con la que el presidente electo Abelardo de la Espriella ya les ha dado la última oportunidad: rendirse o enfrentar toda la capacidad tecnológica y militar del Estado colombiano.
La guerra del siglo pasado terminó. La del siglo XXI consisten en encontrar primero, golpear después y no darle un solo minuto de tranquilidad al enemigo.
Durante décadas los terroristas creyeron que la selva era su mejor aliada. Muy pronto esa misma selva puede convertirse en la trampa de la que no podrán escapar. Porque cuando un enemigo pierde la capacidad de esconderse, empieza también a perder la guerra.
Se acabó el escondite.
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